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Columnas

Edgar Espinoza

Edgar Espinoza

Graduado en Ciencias de la Comunicación Colectiva por la Universidad de Costa Rica, obtuvo un postgrado en Periodismo y Comunicación por la Universidad de Florida en Gainesville, Estados Unidos.

16 de enero de 2012

¡Bienvenidos a bordo!

Antes los aviones se dividían en clase ejecutiva y clase económica, pero en la actualidad las aerolíneas han fraccionado tanto esta última que el pasajero tiene ahora la opción de elegir entre “Canalla”, “Canalla Plus” y “Canalla Triple Plus” o, en último caso, “Infra Canalla Confort” ubicada sobre el tren de aterrizaje desde donde el infradesgraciado podrá disfrutar de una insuperable vista al vacío profundo.

O sea, en términos de geometría aeronáutica el avión por fuera es enorme, pero en términos de capitalismo macabro el avión por dentro es infinitesimal, casi cuántico. A ese ritmo, “pasillo, centro o ventana” pronto tendrán cada uno su precio por separado, de la misma manera que sentarse al lado del gordo gruñón que ronca a escape libre, de la modelo piernipelada, del niño con rabieta y pataleta, o del asiento de “Emergencia” con puerta de salida al repollal como destino final.

La cosa es que cada subclase ofrece una diferencia mínima en ventajas, pero una abismal en tarifas. En “Canalla Plus” le deben dar a uno pajilla para que se tire el fresco, pero en “Canalla Pelada” hay que bebérselo por la nariz sobre todo a la infausta hora de algún súbito treponazo del avión, pues a 38 mil pies de altura las caídas son generalmente hacia arriba debido a la proximidad gravitatoria del infierno.

Dentro de ese “paquete”, las aerolíneas le ofrecen ahora a uno la comida según el rango “sub” o “sub-sub” del asiento de manera que a los pasajeros de las primeras cinco filas les sirven pechuga de pollo; a los de las ocho siguientes, muslo; a los de la 14 a la 40, pezuña, y a los de la 41 a la 60, rabadilla o menudos (your choice, papito, y agarrando mucho). Igual si es carne roja: le van degradando el menú de lomito a cecina que asesina, a posta de ratón y a güecho, y de la fila 80 en adelante, allá por donde al angostarse el avión uno viaja en posición de cusuco, pellejo.

Y, bueno, del postre ni hablar porque el espectro de variedades oscila entre gelatina sin helados para los de la “Canalla Extra Sensitive”, y cajeta de turno para los que van chupando rodilla al fondo. Nada mal, por cierto. Yo creía hasta hace poco que el horror al avión y la tortura del aeropuerto eran lo más excitante a la hora de viajar, pero veo ahora que más bien lo es la selección del boleto según la aventura extrema con que este nos sorprenda a bordo.

Con el peso sucede lo mismo: si uno se pasa un par de gramos del establecido hay que montar un circo de valijas en medio aeropuerto para balancearlas intercambiando, de una a otra, las chanclas de levantarse con los relojes de contrabando, y las medias renegridas con el envoltorio de quesos y jamones que le sobraron del viaje. Y lo que no quepa, pues habrá que comérselo ahí mismo así sea alguna toalla mojada o jarrón de bronce ante el asombro de la multitud en la fila que no se perderá detalle del “culebrón” ajeno. Por eso, lo más sabio es ser previsor y viajar siempre con una sola mudada hasta que, por la acción corrosiva de nuestros ácidos y antiácidos corporales, esta sea declarada “perdida total” y compremos otra.

De forma que todo ahora para el pasajero tiene un costo impredecible que dependerá hasta del horóscopo, de si viaja martes y de si es cuarto menguante o año bisiesto. Y como se le ocurra cambiar de fecha o asiento así se esté muriendo, del mismo “cielo aerolíneo” le caerá una pena capital de $100 para arriba sin que pueda reclamar mucho porque ahora, a falta de una, hay que vérselas hasta con tres compañías a la vez: la dueña de la ruta, la que la opera y la que la vuela. Hace falta otra: la que nos trate pura vida. La pregunta aquí entonces es cuánto nos pagan estas cada vez que por atrasarse perdemos alguna conexión, valija o cita de amor off shore. O cuánto, también, por confinarnos en ese régimen de estrechez, invalidez y mala suerte cada vez que le agregan dos filas de asientos al avión.

Ojalá que esta tiranía de los cielos nunca trascienda a los toalet porque de aplicarnos el mismo rasero tarifario tomando en cuenta el tiempo de ocupación, frecuencia, sismicidad, ondulaciones y posibles tsunamis, del todo ya no se podrá viajar en avión a menos que hagamos una revolución. Y yo ya empecé la mía.

ed@columnistaedgarespinoza.com

Comentarios

Comentarios

manginho dice:

Con todo el respeto yo diria que está mal acostumbrado!! Hace no muchos años (y eso que yo puedo tener la mitad de los suyos) viajar era todo un lujo. La gente inclusive se vestia de traje. Luego se abarataron los costos a tal punto que la gente viaja en chancletas, sin bañarse y se quejan del servicio. No dentro de mucho (dentro de unos 20 años) cuando el petroleo no de pa’ tanta gente, el viajar en avión va a ser uno de los priveligios de muy pocos y sumamente caro.

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