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Meteorólogo
22 de febrero de 2012
En el mar la vida es más sabrosa. A pesar de eso, nuestros ancestros decidieron salir de ahí. Heredamos entonces el comando de esta gigantesca y esférica nave, que navega por el universo a una velocidad de casi 220 kilómetros por segundo. Desde ese momento, los humanos nos hemos encargado de poblar los continentes con esmero y agrado.
Una de las últimas y más desconcertantes noticias que he leído es que un ciudadano estadounidense, nieto del premio Nobel Milton Friedman, cree firmemente que es posible desarrollar una ciudad flotante en aguas internacionales, que no dependa de ninguna soberanía de ningún país. Es un proyecto que ya se llevó a cabo de forma experimental: me refiero a la de una ciudad sin atadura territorial pero fue un fracaso. En esta ciudad se pretende que las cosas puedan funcionar tan libremente y que si alguien se cansa de vivir en un específico lugar pueda cambiarse a otro navegando con su casa a otra parte.
Algunos piensan que una ciudad libre, flotante, podría construirse pues existe la tecnología y formas de protegerse contra los fenómenos naturales, moviéndose de un sitio a otro ante las advertencias anticipadas de, por ejemplo, un huracán.
Estas mega ciudades acuáticas tendrían estructuras que pueden albergar fácilmente muchos millones de personas y según algunos científicos podrían aliviar las presiones poblacionales de vivir en tierra firme y proveer de información a los habitantes así como servir de acuarios naturales sin tener que encerrar vida marina.
Sería en definitiva un reto para personas que se quieren retirar a vivir en el mar, y prometen mucho trabajo, producción, intercambio, seguridad y justicia…
Todo esto lo pintan muy bonito; con paz, tranquilidad, producción y seguridad. Lo que me desconcierta es como aún cuando no hemos podido resolver en tierra firme los problemas de hambruna, desigualdad y violencia; resultado de nuestro paso por el continente, ahora queremos aventurarnos hacia los océanos.
Imagino una glamorosa ciudad con edificios de decenas de pisos como los que están proliferando en nuestra ciudad, en donde los inquilinos usan agua potable, la ensucian y contaminan y luego se desharán de ella no sé dónde ni cómo. Una ciudad donde el consumo desmedido dará como resultado una cantidad apreciable de basura, de todo color, textura y contextura, la cual se enviará al océano para su degradación. De la misma manera la ciudad en movimiento atraerá explotación de la fauna marina, y la energía que se usa podría ser otro tema cuestionable.
Es por todo esto que yo propongo que la humanidad primero se encargue de solucionar sus problemas de equidad, salud, seguridad, abastecimiento y respeto a las demás especies en los continentes, por el momento y luego pensemos en invadir un sistema como el oceánico y sus habitantes, al cual ya le hemos hecho suficiente daño.
“A menos que cambiemos drásticamente el modo de gestionar el conjunto de todas las especies oceánicas como ecosistemas funcionales, este siglo será el último de la pesca tradicional”, asevera Steve Palumbi, de Universidad de Stanford.
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