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Graduado en Ciencias de la Comunicación Colectiva por la Universidad de Costa Rica, obtuvo un postgrado en Periodismo y Comunicación por la Universidad de Florida en Gainesville, Estados Unidos.
1 de febrero de 2012
En medio de sentimientos encontrados, los vecinos de Tres Ríos estamos esperando el tren. Unos quieren que llegue pronto para montarse y ahorrar en tiempo y gasolina, y otros para saber qué pasará cuando la serpiente de hierro irrumpa por debajo de sus camas como un terremoto con horario fijo.
Tras muchos años de haberse suspendido el servicio ferroviario, los cafetales que crecieron aquí abonados por la estampida de las locomotoras son hoy, a lo largo de la vía (y hasta a lo ancho), un mosaico de urbanizaciones residenciales de buen ver habituadas, desde entonces, a dormir como benditas hasta bien entrada la mañana sin más interrupción que la orinada matinal de rigor.
Como nos han dicho que el paso del tren se reanudará a finales de este año, si es que la Santa Criatura (o Sala Cuarta) no dispone otra cosa, muchos desde ahora estamos ejercitando el sistema nervioso gracias a la terapia que nos ofrecen, de manera voluntaria, algunas psicólogas vecinas especialistas en acontecimientos de alto estruendo como este que nos aguarda.
Con el profesionalismo que las caracteriza, ellas nos han advertido que contra el problema del ruido no hay nada que hacer porque será de triple impacto: el del pitazo, suficiente para lanzarlo a uno en un santiamén fuera de la cama; el de las ruedas en su endiablada fricción contra los rieles, y el del motor poniéndole bonito a toda máquina para trepar Ochomogo sin que haya que darle respiración asistida ni empujarlo a brazo y pierna.
En este caso particular la única solución parece ser clausurarse uno los oídos con un par de orejeras o gomas de silicona, o bien recurrir a la opción barata que consiste en taquitos de algodón, corcho o ruda. No se recomienda el “chicle bomba” ante el peligro de que al quitárselo se le puedan adherir pedazos de nuestro tronco encefálico. Tampoco es conveniente taparse con las manos ante la posibilidad de que estas se necesiten para hacerle alguna mala seña al maquinista.
Así las cosas, nuestras psicólogas ferroviarias han concentrado sus esfuerzos en el trauma que nos producirá la primer arremetida tectónica del tren por entre nuestras casas para que la dama de alto copete que en ese instante se ducha o “jacuzzea” en medio de canciones de Juan Gabriel, no vaya a pegar el grito al cielo y el brinco al techo y adquirir por el resto de su vida el “síndrome de la locomotora inesperada” que consiste en caminar en estado de vibración permanente.
No obstante, y a juzgar por los que saben, el peor momento sobrevendrá cuando el tren lo sorprenda a uno dormido. Si bien una parte ínfima de nuestro cerebro se mantiene siempre en vigilia y con su “luz-piloto” encendida mientras la restante duerme, nada impide que en algún instante aquella se trasponga, se le vaya la corriente a tierra y descabece también su sueñito. De darse esta situación a la hora de venir el tren, los sensores mentales de reserva, por no estar familiarizados con episodios así, detectarán “terremoto 8.8 de la escala Richter” y dispararán la alerta máxima.
Es entonces cuando aparece uno en cualquier parte de la casa, calle o vía férrea oscilando sin tino ni destino debido a que como la planta neurotransmisora no pudo nunca descodificar la señal correcta y activó la de cataclismo, el cuerpo dijo “¡Miéeercoles!” y echó a correr sin depender del cerebro por hallarse este “out of service” o fuera de horas de oficina. Ante eso, lo que las psicólogas nos aconsejan es muy simple: acostarnos amarrados al catre, y para mayor seguridad, amarrar también el catre.
Se han construido tantas casas a la orilla y encima de la línea que, en el mejor de los casos, el tren pasará a cinco centímetros de la ventana de la cocina de algunas, y en el peor, a través del cuarto, la bañera y el closet, de modo que el maquinista tendrá que cuidarse de lo que a su paso se lleve en banda porque de ser algún pollo al horno, lo acusarán de ratero, y de ser la señora de la casa, de rapto agravado en grado sumo de facha premeditada y alevosa.
Yo soy de los que se apuntan a la reanudación del tren no solo para movilizarme gratis con mi carné de jubilado jubiloso, sino para divertirme a chorros con tanta gente que saldrá de sus casas a saludarlo o maldecirlo. Y más les vale a los Incoferos que lo hagan este año porque de demorarse como en las anteriores rutas, nos van a encontrar más bien a nosotros haciendo trencito en la estación con rumbo a San Pedro, pero al otro, al que nos pica el tiquete “Cielo o Infierno” allá arriba.
ed@columnistaedgarespinoza.com
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