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Columnas

Edgar Espinoza

Edgar Espinoza

Graduado en Ciencias de la Comunicación Colectiva por la Universidad de Costa Rica, obtuvo un postgrado en Periodismo y Comunicación por la Universidad de Florida en Gainesville, Estados Unidos.

21 de febrero de 2012

La familia “chunche-chunche”

¿Se ha puesto a pensar por un instante en la cantidad de veces que usted entra a su casa con cosas, y en la cantidad de veces que sale de ella sin nada?

Un día cualquiera usted se compra en “Pequeño Mundo” una lámpara “cuello de ganso”, un florero imitación Swarovski y un ventilador eléctrico de 82 velocidades para volar dentro de la casa y, de paso, combatir el “efecto infiernadero”. Otro día se trae de “PriceSmart” un compresor, una silla de terraza y una parrilla con capacidad para una res entera. Al poco tiempo incursiona en “Aliss” donde consigue una jirafa de cerámica, un plumón de sacudir muebles y un pichel para el fresco, y remata en “Pasoca” con todo lo que pueda, desde un biombo chino en oferta -que ya se lo desearan en la CCSS- hasta un cortaúñas con foco.

A eso súmele las vainas que trae del paseo a la playa, tipo troncos o bejucos con figura exótica perfectos para adorno; conchas, piedras, pericos de yeso y pedazos de ancla; luego las que adquiere en el extranjero como espejos Luis XV, jarrones, ropa, Patodónald’s de trapo y cámaras fotográficas con cirujano plástico incorporado, así como también el montón de objetos que alguna empresa o amigo le regalan, generalmente maletines, camisas y gorras, botellas de licor barato, relojes de pared y ceniceros.

Ante semejante fenómeno, cada vez que usted entra a la casa cargando nuevos “chunches” puede ocurrir lo siguiente: que por llegar cansado o cansada los deje tirados donde primero pueda; que le cueste ya encontrar un lugar para colocarlos o guindarlos, y que los amontone “mientras tanto” en algún clóset o rincón, a sabiendas de que ese “mientras tanto” se le puede convertir en “para siempre” hasta que algún buen temblor o el cucarachero le recuerden que existen.

Por otro lado, como no somos los únicos en la casa, los demás miembros de la familia, que pueden ser entre dos y seis, serán adictos a EPA y comprarán ahí herramientas, baldes, puertas, regletas y otra casa entera; a Wal-Mart, y adquirirán mangueras, canastas de ropa, alfombras “persas” y planchadores, y a Cemaco, de donde se traerán edredones, jaboneras, vajillas, hieleras y tiendas de campaña.

¿Tiene usted ahora una idea de lo que es su casa por dentro tras dos, cuatro o seis años después de estar metiendo sin sacar?

Como gavetas, estantes y cajones están a reventar, la gente compra entonces cajas plásticas enormes para seguirlas llenando de cosas que acabarán en el cielo raso, la cochera, el cuarto de pilas y finalmente algún galerón en el patio (alias gallinero). He visto baños de casa en los que, de la cantidad de champúes, lacas, cremas e indumentaria facial, corporal y espiritual que hay, apenas cabe la persona que se ducha y quien, por lo general, no puede ni estirar el brazo para enjabonarse la axila sin que pegue en todo lado. Hay gente que guarda como un emblema de sus mejores “blower” la secadora de pelo que le duró 20 años.

A diario compramos cosas para tenerlas aunque no las necesitemos. Y como todo está ya inventado, esas cosas son infinitas. Recuerdo la vez que me pasé de casa. Cuando yo creía haberla dejado totalmente vacía, la visitaba de nuevo al día siguiente y le encontraba más cosas, tanto que llegué a sospechar que estas nacían ahí pues nunca fue posible desocuparla totalmente. Aun ahora, diez años después, la visito y le sigo viendo cosas que eran nuestras desde el año 2002 en que la desalojamos.

Por eso, cada verano los gringos tienen la buena costumbre de hacer un exorcismo a fondo de chécheres para empezar de cero. No obstante, los “garage sale” que hacen son un arma de doble filo porque quienes compran las cosas, las llevarán también a sus respectivas casas a empeorar su propio chunchero, y quienes las vendan utilizarán la plata para adquirir otras nuevas y así sucesivamente hasta que el chunchero se vuelva planetario.

Hay que proponerse no llevar vainas a la casa sino más bien hacer el ejercicio contrario: salir de esta con cosas, con tantas como se pueda, para regalarlas, botarlas o venderlas (las suegras aún no están incluidas). Aparte de ahorrar plata, lograremos vivir en una casa aséptica, espaciosa, con lo justo y necesario y no en un chinchorro.

Por eso mi lema es: “No consuma; conreste”.

ed@columnistaedgarespinoza.com

Comentarios

Comentarios

Yuba dice:

Este fin de semana necesitaba un repuesto para la ducha. Al llegar a la ferretería mi corazón latió fuerte y me dije: yo necesito todo lo que esta gente vende. ¿Cómo combatir este gen intrínseco?¿Cómo entender que menos es mas? Es una misión dura como para el señor Bruce Willis. Asi que pongamonos a conrestar o a sinsumir…

Jonatán dice:

je, je, je, me vi más que identificado….¡¡genial!!

dlopez dice:

Ja ja ja verídico, espero que ahora que entro a la vida seria mi casa este solamente con lo necesario y mi esposita piense lo mismo jejeje

DGLV.

maximo cisneros dice:

yo tengo un cortauñas con foco :-)… en serio… ahora que te vea te lo enseño jejejejej

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