Muchos grandes edificios, sobre todo los hoteles, prescinden del piso trece y de la habitación con el mismo número, por la simple razón de que nadie quiere hospedarse en ellos. En el caso de los pisos, no se trata de que buena parte del edificio flote en el aire, simplemente pasan del doce al catorce y poca gente lo nota.
Y aunque seamos poco supersticiosos, no hay quien deje de mirar con recelo cualquier martes trece que marque el calendario (o viernes, si estamos algo influenciados por un país del norte del continente). Es simplemente un número que ha tenido mala prensa, acusado injustamente de causar calamidades y desastres, poco buscado para bodas, fiestas y hasta en la lotería.
Entonces –pregunto–, ¿por qué hasta ahora nadie ha protestado por la llegada del 2013 como un mal augurio? Les pareció oportuno sugerir el fin del mundo en el año precedente, cuando la docena es un número tan bonito y cotizado hasta para comprar huevos, pero nadie ha mirado con sospecha este año que tenemos encima, o al menos no lo ha confesado en voz alta.
Por allí a alguien debió habérsele ocurrido interponer algún recurso ante la Sala Cuarta para pasar al 2014 de una vez y no tomarse ningún riesgo; ahora es tarde. Respiraremos, comeremos y andaremos en las calles con el trece a cuestas por 365 días.
Quizá es que ya muchos habrán valorado cómo anda la cosa y llegaron a concluir que venimos viviendo como en año trece desde hace mucho tiempo. Basta fijarse en el estado de las calles, de los servicios públicos, de los indicadores sociales, de algunos politiquillos que andan por allí rondando. Así que ¿para que temer caer al suelo cuando se yace en él?
Se nos vino el trece y de esta rifa nadie se salva. Supersticiosos o no, lo que nos depare en él poco depende de la suerte o de las cábalas. El sol que saldrá cada día será el mismo, seguirán los mismos gobernantes, las mismas broncas, y lo quiera o no, al igual que usted, seguiré teniendo mi misma circunstancia y, como dijera Ortega y Gasset, “si no la salvo a ella, no me salvo yo”.
¡A jugarse el trece! se ha dicho; pero no en los chances, más bien en la vida. Que el devenir no depende del nombre que pongamos a los días o a los años, sino de lo que hagamos con ellos.
Rafael León Hernández


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