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Antropólogo-Arqueólogo, investigador, docente universitario, asesor en temas de cultura, patrimonio, grupos indígenas, comunidad, sociedad, organización social, etc.
24 de enero de 2013
La Comisión de Notables, nombrada por el Poder Ejecutivo, recién presentó sus conclusiones sobre los pasos necesarios para alcanzar o recuperar de nuevo “la gobernanza” del país. Seis personalidades de la política costarricense -quienes sin duda son altamente representativos en sus respectivos sectores y áreas de acción- participaron de la Comisión aún cuando sería pretencioso en extremo pensar que solo seis personas (pese a sus altas cualidades) pudieran entender la complejidad social, cultural, económica y política de una nación, de una Costa Rica, que surgió (en la teoría liberal) como homogénea e “igualitica” allá en el siglo XIX; pero cuya realidad, dos siglos después, es lo variable y heterogéneo de su composición social e ideológica.
No es intención de este artículo de opinión discutir la legitimidad real de una Comisión de Notables, aunque llamamos la atención sobre la insistente necesidad (o necedad), de un sector político por buscar soluciones puntuales a problemas que más bien son integrales e incluso globales; a pensar en “recetas políticas” que simplemente nos indiquen cuántas pizcas de éstos y cuántas cucharaditas de aquello al fin nos permitirán hornear el queque, cuando lo que se necesitan son planes y estrategias consensuadas que faculten el diálogo nacional, el acercamiento y la inclusión de tantos sectores marginados, ignorados y ninguneados.
El problema no está en la receta, tampoco está en el horno, ni siquiera en la cocina, casi podríamos excluir al cocinero; el problema está en los comensales y los que llevan años hablando por ellos: los partidos políticos.
Los comensales somos nosotros, la gente, los que vivimos y sufrimos la cotidianidad de las presas, las deudas, el acoso de las tarjetas de crédito, la sensación de inseguridad, la falta de oportunidades, la trocha, la corrupción y las promesas incumplidas; los que cada cuatro años votamos (pero también los que no votan están en la misma mesa), y que pensamos que con este acto magno del dedo manchado, acotamos a un mejor futuro.
Soy de la opinión que la ineficiencia de la Asamblea Legislativa, la inoperancia ministerial, los palos de ciego del Ejecutivo y el deterioro de la función pública no son el problema, sino más bien el resultado del problema de fondo, que a saber, resulta ser el sistema político partidario que se implementó desde mediados de la década de 1980.
Los partidos políticos ya no son entes representativos de pueblos e intereses comunales, son corporaciones, empresas económicas, a las cuales ingresa el que tenga los millones necesarios para lograr contar con la valía de la plataforma empresarial del partido, que mueve gentes, recursos e influencias.
¿Porqué insistir en reformas institucionales del estado, si las personalidades que llegarán a esos puestos seguirán siendo el resultado de las bases deterioradas y degeneradas de los partidos políticos?
Que sean 25, 57, 87 o 100 diputados es irrelevante, si el principio de escogencia partidaria carece del más mínimo esquema democrático que garantice la representatividad de los intereses sociales comunales, locales o regionales. No es cantidad, es cuestión de calidad, pero yendo más allá, es cuestión de reconocer el agotamiento del sistema partidista, la filtración de intereses personales y corporativos cuya base económica es el único parámetro de acción y motivación.
¿Porqué gestionar la censura a ministros y juntas directivas, si de todas formas no existe el más mínimo control y filtro que de entrada nos garantice que el o la proponente realmente cuente con los atestados, conocimientos y aptitudes éticas, morales y técnicas para el puesto en cuestión?
¿Cómo pensar en soluciones si seguimos creyendo que el problema está siempre en la acción a posteriori y olvidamos que lo realmente efectivo es la prevención y los filtros desde la base del sistema?
No considero que ninguna acción de ninguna Comisión, por más notable que sea, logrará un efecto real, mientras los partidos políticos (esa base del sistema democrático) se sigan consolidando como empresas y corporaciones que cada cuatro años salen a la caza de clientes (votos), incluso con una receta ya muy bien elaborada y ampliamente probada, en donde está claro a qué comensales van a agasajar: los pobres, los necesitados y los marginados, primera línea de interés, porque a esos, con víveres, camisetas, banderitas, gorras y latas de zinc, además de una dosis comedida de promesas (reiteradas en los últimos 25 años) tenemos garantizados en las urnas…
Es una cuestión de números: 20% – 21% de pobreza y pobreza extrema en el país. Una quinta parte de la población cuya única esperanza es justamente, no perder la esperanza. “Quizás este sí me cumpla”. Cuestión de quién puede contratar más buses, carros y piratas.
Porque al fin de cuentas, ese 20%-21% votará por quién lo lleve hasta la urna y luego lo invite a almorzar…y un buen empresario, sabe muy bien como agasajar a sus comensales, aunque nunca llegue a alimentarlos realmente y tampoco los deje ver la cocina o cómo se cocina.
Por eso apunto, que el problema es de fondo, el problema, son los partidos políticos, pero siendo esta Comisión, representativa justamente de los partidos políticos, no extraña que de reforma a su funcionamiento nada se dijo en sus 48 páginas de informe.
En resumen, la única Comisión Real de Notables, sigue siendo la ciudadanía y es ahí, donde debemos exigir ser escuchados.
Excelente artículo , nos invita a ir a la raíz del cacho , cosa o práctica ya muy olvidada por la nebulosa que han logrado fabricar para envolvernos. Un caso particular de este clientelismo político es los gerentes del Estadio Nacional, donde brilla la incompetencia cuando no han podido solucionar el problema del suministro eléctrico del inmueble. Como se escogió a los responsables de tales tareas . No se sabe pero se presume. Para muestra un botón en el barrio chino. Saludos