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Graduado en Ciencias de la Comunicación Colectiva por la Universidad de Costa Rica, obtuvo un postgrado en Periodismo y Comunicación por la Universidad de Florida en Gainesville, Estados Unidos.
9 de enero de 2012
Me parece increíble trabajar para este periódico. La sola idea de convertirme en su columnista virtual fue lo que más me sedujo, pues tras una vida entera de serlo demasiado terrenal, ahora escribo desde lo alto de una nube en el ciberespacio.
Claro, ante el temor de que por tratarse esto de gigabytes y nanosegundos, entre otros vértigos, me pidieran escribir a velocidad de neutrino, me curé en salud y les recordé a mis nuevos patrones que provengo de un periodismo artesanal de linotipias, piñones y estruendos de rotativa, y que hacer columnas puede ser a veces tan impredecible como reconquistar a una mujer despechada.
Y bueno, gracias a que ellos me entendieron, aquí estoy en la red y en la web, viviendo la experiencia irrepetible de saltar de la sala de redacción a un portal casi sobrenatural; de figurar por tantos años en una página de periódico impreso, a estar ahora en millones de pantallas de celulares, iPads y televisión HD (para verme mejor), y de pasar de una desdentada Underwood a viajar por fibra óptica sobre “autopistas” virtuales sin platinas. ¡Qué privilegio! Hasta me dijeron por ahí que la gente me podía “gugulear” y, aunque no entendí, me sentí con el ego a flor de pecho, casi a niveles de Honoris Causa… y Efecto.
Desde luego que en esta nube extraño muchas cosas de los periódicos de carne y hueso, como el cotilleo perverso de los reporteros a la hora de “cierre”; la pose desabrida de alguno que habla por teléfono con el auricular entre el cuello, una empanada en una mano y una gaseosa en la otra, o las cervezas al final de la jornada para la diversión y la descompresión. Aunque no niego que navegar por estos universos ignotos de la electrónica sea también excitante en tanto de todo me puede pasar en mi trayecto hacia el lector, desde un encuentro cercano y trasnochado con la duquesa de Alba, hasta que Lady Gaga me nombre su asesor de imagen (trajes de res y cerdo incluidos).
Por supuesto que ante esta maravilla del desarrollo moderno muero por saber cuánto, por dentro, somos electrónica, y cuánto todavía nos queda de humanos. Cuando hablo con alguien ya no sé dónde comienza este como persona y dónde termina como tarjeta de circuitos electromagnéticos. De ahí que no faltará mucho para que en los “Súper” nos vendan la mortadela en megapixeles con sabor a fotón, y los chayotes en mesones quark y nos sepan a agujero de gusano. A la larga esta fusión Internet-Televisión sea ahora nuestro nuevo ápex existencial como sociedad civilizada e inteligente.
Por todo eso, ser virtual me alucina. En esta dimensión ciberinfinita uno es y no es. Está en todas partes y en ninguna; intangible, inasible. Mitad dios, mitad diablo. Desde aquí, todo, hasta lo más intimo, se divisa a la perfección: a Franklin Chang acelerando su sopa de plasma para llegar a Marte más rápido que de San José a Liberia vía asfalto; a Nery Brenes, igual de vertiginoso, sembrando zapato en la pista para cosechar oro en la meta, y hasta a las modelos “Ricalindas” curvando el espacio-tiempo con su poder gravitatorio y ondulatorio.
Puedo ver también a doña Laura en Casa Presidencial gobernando no desde su escritorio, como sería lo usual, sino desde la pantagruélica mesa servida que le dejó su mentor y antecesor Óscar Arias. Por cierto, de llegar Rigo, el hermano de este, a Zapote en 2014 ¿cómo le dejará ella la mesa a él? ¿Limpia? ¿Coja? ¿Le dejará mesa?
Además, observo allá abajo a José María Figueres filmando a moco tendido un comercial de pañuelos; a Otto Guevara escribiendo su propio epitafio: “Aquí yace Otto Sevara”; a Ottón Solís persiguiendo ahora chanchos en vez de votos, y a Johnny Araya buscando agüizotes cuánticos (a sugerencia de su hermano Rolando) contra sus enemigos políticos.
De modo que esta mía no será una nube cualquiera. El espléndido panorama y la inagotable veta de truenos que ofrece me harán sentir un Thor moderno para convertirla, si no en reino iluminado, al menos en chispero de buen humor, color y mejor sabor.
ed@columnistaedgarespinoza.com
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