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Edgar Espinoza

/ por Academia de Centroamérica

Opinión: ¿Qué le pasa al presidente?

Octubre 26, 2020 6:18 am

Opinión: ¿Qué le pasa al presidente?

Esta es la crónica de la gran pregunta sin respuesta del 2020: ¿qué le pasa al presidente?

He estado tratando de entender su comportamiento como jefe de Estado, pero por más vueltas que le doy, no lo logro.

Se nos está “quemando el rancho” y pese a que varios costarricenses competentes y de buena fe le han ofrecido ayuda para apagarlo, él mismo se les para en la manguera.

Ya desde el principio, el presidente le empezó a fallar al país cuando, tras echarse el pleito (muy encomiable) de la reforma fiscal, ignoró su compromiso de dinamitar el gasto público e incentivar la producción.

¡Pecado capital! Ambos peldaños eran esenciales para el bienestar de la patria que él juró servir.

Peor aún; lo que había hecho con la mano lo borró con el codo al torpedear, poco después, la misma reforma fiscal con exoneraciones, excepciones y mil perdones a ciertos sectores.

En pocos meses, el presidente ya se olvidaba de Costa Rica para tomar el derrotero de los minirreinos del poder.

Más sospechas: su creación de la UPAD, ese polémico espectro presidencial que nos iba a dejar a todos “chingos y en media calle”, levantó un polvorín de suspicacias que hicieron estallar las alarmas. ¿Por qué se hizo de manera subterránea? ¿Qué se proponía?

Ya aquí una “mano peluda” era más que visible.

Y bueno… se nos vino encima la pandemia, pero lejos de reaccionar con celeridad cerrando las fauces del insaciable monstruo público, o al menos repartiendo las cargas, el presidente le terminó de endosar al sector productivo todo el peso de la tragedia.

«Mi compromiso es llevar adelante un Gobierno para toda la ciudadanía costarricense», dijo en su discurso de toma de posesión. ¡Ja!

En el camino, dejó ir a gente clave de su gobierno, como el Dr. Rodrigo Cháves, exministro de Hacienda, por su “atrevimiento” de ofrecerle en bandeja alternativas realistas de tipo fiscal para sacar “la carreta del fondo”.

Pero el presidente las desoyó, ninguneó y rechazó. Estaba escrito: quería seguir la fiesta pública, prueba de lo cual fue su divina ecuación fiscal de “más impuestos o más impuestos”.

Ni para qué lo hizo. La presión popular subió a niveles de reactor nuclear y se le “armó la gorda” en las calles, con barricadas y manifestaciones de todo glamour y pedigrí.

Días después, en medio de pitos y timbales, el presidente convoca a un diálogo nacional multitudinario que nace muerto debido a la burundanga de grupos que él no logra poner de acuerdo.

Y por si todavía no hubiésemos visto todo, en medio de la cruzada nacional contra más empréstitos-puñal y el alarmante gasto público, el presidente firma, muy de a callado, una piñata de privilegios para el MEP que incluye a cuatro mil nuevas cocineras delantal en mano.

Tan de a callado como el legendario acuerdo del presidente con los arroceros para mantenerles sus privilegios comerciales.

«Mi deber será unir a esta República», lo dijo también en su discurso inaugural.

¿Qué le pasa al presidente?

¿Será que cuando asumió el poder no tenía la menor idea de a qué llegaba ni adónde iba porque el poder le sorprendió casi sobre una tarima de rock?

¿Será que adoptó, para gobernar, alguna doctrina, secta o ritual que desconocemos más allá de sus ideas progresistas de centroizquierda?

¿Será que, como no tuvo un partido con estructuras políticas de apoyo bien consolidadas, se quedó pedaleando en el vacío?

¿Será que si le dicen lo que hay que hacer siente que pierde poder y hace entonces todo al revés?

¿Será la soledad del poder tras la estampida de figuras valiosas que lo dejaron en manos de “cuatro güilas” que le hablan al oído?

¿Tendrá idea de la gravedad que atraviesa el país? ¿Se lo habrán dicho?

¿Será todo lo anterior? Que alguien me ayude.

Cuando la razón, la lógica, lo obvio y el sentido común se dan de narices contra su muro presidencial, es que, de verdad, algo le pasa.

Este miércoles se juega su última ficha, si es que le queda alguna.

Si en la nueva ronda de la mesa de diálogo no antepone nuestro “blanco, azul y rojo” a la soberbia, al cálculo político y al corsé ideológico, entre otras interferencias, esto se terminó de joder.

La Asamblea Legislativa tiene la palabra.

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