Mundo insólito – La ley y la salchicha

Edgar Espinoza [email protected] Septiembre 20, 2020  6:32 am

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Otto von Bismarck ( 1 de abril de 1815 – 30 de julio de 1898)

(CRHoy.com) – “Con las leyes pasa como con las salchichas; es mejor no ver como se hacen”.

Lo dijo el estadista prusiano Otto von Bismarck, apodado el “Canciller de Hierro”, forjador y unificador de Alemania.

Más que mandar o prohibir, la ley, en teoría, está supuesta a crear unos derechos comunes para el bien de los gobernados. Hasta aquí, todo lindo y maravilloso.

El problema surge cuando aparece la “mano peluda” de algún líder que la convierte en exactamente lo contrario.

Los primeros atisbos de esta manipulación se dan desde los antiguos egipcios, cuando la ley estaba en su fase embrionaria, hasta nuestro tiempo, pasando por el Código de Hammurabi, las normas que regían la Grecia antigua y el Imperio Romano, cuando ya echó pecho el primer sistema legal común.

A lo largo de todo ese periodo, gobernantes, mercaderes y eclesiásticos se las han arreglado siempre para, a través de las leyes, desde las más dictatoriales hasta las más absurdas, salvaguardar sus intereses, someter a la población y fomentar la desigualdad legal entre ciudadanos.

Para hablar de las más irrisorias, en la antigua Roma, por ejemplo, había una que exigía a las prostitutas teñirse el pelo de rubio para que no se parecieran a las damas romanas respetables cuyo pelo, de acuerdo con el estilo de la época, era oscuro. No obstante, la distinción se vino al suelo cuando las pelucas rubias se pusieron de moda entre las patricias y ya ninguna mujer se pudo diferenciar de otra.

Eran unas leyes tan particulares que si usted quería suicidarse no había el menor problema. Se lo permitían siempre y cuando fuera un ciudadano con todos sus derechos y gozara del permiso del senado. Es de imaginarse el acta de aprobación de este: “Estimado ciudadano: puede usted de inmediato proceder a suicidarse”. Sin embargo, los esclavos, soldados y criminales no gozaban del mismo derecho así se los estuviera llevando la porra.

Algo también insólito en la antigua Roma es que a alguien le cayera un rayo. No porque le matara, sino porque la ley impedía que se le enterrara por haber sido víctima de un castigo de Júpiter, pues algo muy malo tenía que haber hecho para merecerlo. Y si alguien, por misericordia, afecto o lo que fuera, osaba enterrarlo, era condenado a muerte.

Así las cosas, a través de la historia el mundo ha estado plagado de las leyes más ridículas, como aquella de Francia donde no se puede bautizar con el nombre de Napoleón a un cerdo, o besar a nadie desde el andén del tren hasta el interior del ferrocarril debido al retraso que las despedidas amorosas provocan en el itinerario de los trenes.

También ocurre en Inglaterra. Si alguna vez usted quisiera visitar su parlamento, asegúrese primero de que goza de buena salud pues es prohibido morir dentro de sus instalaciones ya que, por tratarse de un recinto con estatus de palacio de la Familia Real, al occiso debe honrársele con todos los honores.

En Suecia la prostitución es ilegal, pero hacer uso de la prostitución es completamente legal. Y si anda por la Florida no se le ocurra atar un elefante a un parquímetro sin echar las respectivas monedas. Tampoco intente conducir en Massachusetts con un gorila en el asiento trasero porque le multan. Ni dispararle a ningún animal en California y Tennessee desde el coche, a menos que se trate de una ballena.

Existe una ley en Massachusetts que prohíbe manejar con un gorila en el asiento trasero.

Costa Rica no se les queda nada atrás. Una ley de 1918 autoriza al Gobierno de Costa Rica a declararle la guerra al gobierno del Imperio Alemán. Otra de 1825 autorizaba al Gobierno de Costa Rica a reclutar a reos, vagos y viciosos en el ejército en caso de guerra.

Ni se diga de leyes para pensiones a personas que fallecieron el siglo pasado, exoneraciones para importar materiales y bienes que no existen, o leyes para regular el uso de símbolos nacionales como si aún existieran cuerpos militares.

La otra disposición aberrante, y que nos recuerda a dioses, faraones, emperadores y demás divinidades, es que aquí en Costa Rica todos somos iguales ante la ley hasta que aparecen las pensiones, pluses y privilegios de lujo para la clase política, gobernante e institucional.

Para no mencionar el exceso de leyes superfluas y obsoletas que tiene el país y que exigen una “limpia” total como la que en su momento recomendaba el gran poeta, novelista y ensayista Anatole France: “El árbol de las leyes ha de podarse continuamente”.



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