Mundo insólito – ¡Mentiras, son todas mentiras…!

Edgar Espinoza [email protected] Agosto 9, 2020  5:39 am

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Frank W. Abagnale en el 2008

(CRHoy.com) – No pasan muchos minutos sin que la gente mienta. Pequeñas o grandes mentiras, pero miente. No obstante, y por dicha, hay formas de descubrir al mentiroso.

La mentira ha sido figura estelar en muchas investigaciones. Una de ellas del Journal of Basic and Applied Social Psychology que afirma que el 60% de las personas no pueden pasar 10 minutos sin mentir al menos una vez.

Si bien hay mentiras de mentiras –piadosas, compulsivas, históricas, monumentales–, unos mienten por vicio y engañar, y otros por protegerse, no pasar una vergüenza, eludir emociones dolorosas o evitar ser juzgados.

Se le miente al jefe cuando le decimos que se nos desinfló la llanta del carro; al novio cuando ella le jura que esta es “su primera vez” o a la hermana mayor cuando le aseguramos que nunca vimos el chocolate que se le perdió.

Y de las mentiras en el amor, ni se diga: “Mentiras son todas mentiras/Cosas que dice la gente/Decir que este amor es prohibido/Que tengo 40 y tu 20”.

Los caminos de la historia humana están empedrados de mentiras colosales: que las carabelas de Colón eran tres, que Los Reyes Magos también eran tres, que el 666 es el número de la bestia, que la Tierra es plana, que Bugs Bunny es conejo y – ¡pobre mujer! – que Catalina de Rusia murió practicando el sexo con un caballo.

A Frank Abagnale Jr. se le tiene como uno de los grandes mentirosos de la historia reciente al hacerse pasar por todo; piloto, abogado, médico, agente secreto…sin haber sido nunca nada salvo impostor y, bueno, un excelente motivo para la película Atrápame si puedes dirigida por Steven Spielberg.

Lo mismo Richard Adams Locke quien en 1835 publicó en The New York Sun que gracias al telescopio de Sir John Herschel se habían podido contemplar en la Luna nueve diferentes especies de animales, entre otras, humanoides alados, bisontes y castores bípedos.

Pero tanto la sabiduría popular como la psicología nos dan actualmente los instrumentos necesarios para darnos cuenta de quién está mintiendo sutil o descaradamente.

El secreto está en ponerles cuidado a las personas que confrontamos a la hora de una conversación, discusión, afirmación o confesión, para lo cual es más eficaz, según los expertos, verlas que escucharlas.

Verlas porque todos sus signos, que son muchos y variados, afloran a la superficie: se les seca la boca, mueven la cabeza de manera poco natural, bajan la vista o, por el contrario, la fijan de modo desafiante; repiten mucho, se tocan la nariz, cruzan las piernas y están rígidos y físicamente tensos.

Y cuando la cosa aprieta, se tocan el cuello, la cabeza, el abdomen y tienden a taparse la garganta con la mano, señal inobjetable de que sus testimonios son cada vez más falsos pese a que suministran mucha información en un intento desesperado por lograr credibilidad.

Por si fuera poco, transpiran en la frente, se les dilatan las pupilas, se frotan la cara con las manos, bostezan y se les altera la deglución y el ritmo respiratorio.

Bill Clinton y Monica Lewinsky

El mejor exponente de esta sintomatología de la mentira es Bill Clinton cuando, siendo aún presidente de los Estados Unidos, negó en el video toda relación con Mónica Lewinsky, entonces becaria en la Casa Blanca.

Los gestos que se le observaron cada vez que respondía a las preguntas de su entrevistador fueron, además de esclarecedores, rigurosamente analizados por los expertos para sacar sus propias conclusiones.

“Sonrisa incómoda, parpadeos de prisa, tartamudeo, uso de muletillas para distraer la atención, tocarse la nariz, apretar los labios, desviación de la mirada hacia abajo, juntar las manos, rigidez, ceño fruncido, no mirar de frente, chuparse los labios, cara de sorprendido, no responder algunas preguntas, tragar saliva, beber agua…”

Quizá no haya mentiroso más dañino y peligroso que el político. El propio Joseph Goebbels, ministro de Propaganda de Hitler, se relamía con su frase “Una mentira repetida mil veces se convierte en verdad”.

Pero mejor la que se le atribuye al presidente Lincoln: “Es posible engañar a unos pocos todo el tiempo. Es posible engañar a todos un tiempo. Pero no es posible engañar a todos todo el tiempo”.



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