Mundo insólito – Muertes extravagantes
(CRHoy.com) – Como a la muerte le debe resultar algo tedioso estar matando todo el tiempo a sus víctimas de infarto, cáncer, pulmonía o accidentes viales, de vez en cuando se las ingenia para llevárselas de una forma más excéntrica.
Si no que lo diga Maximiliano de Austria quien en vez de morir en el frente de batalla a espadazo limpio o, en todo caso, tras una cena opípara de estofados, fritos o fiambres, se fue de este mundo por culpa de una sobredosis de melón.
¿Quién pudiera creerlo? ¿Quién se atrevería a difamar o calumniar una fruta de apariencia tan inofensiva que hasta es recomendada por algunos nutricionistas como de las más saludables, refrescantes y tonificantes?
No obstante, el melón se debate aún hoy entre los claroscuros del mito y la realidad, pues hay quienes creen que también es un nido perfecto de microorganismos patógenos que incluso podrían detonar enfermedades como la salmonella.
¿Será verdad que de lo mismo murieron los papas Pablo II en 1471 y Clemente VIII en 1605? Lo cierto es que a lo largo de la historia, sobre todo en la Edad Media y Moderna, los melones eran un manjar tan caro y apetecido que solo lo consumían las élites aristocráticas y religiosas.
Tanto así que en el siglo XIX, el escritor Alejandro Dumas cambió su biblioteca en Cavaillon, en la Provenza, por una cuota anual de doce melones hasta su muerte, o sea, uno por mes, una dosis perfecta para no morir de empacho.
Y es que a la muerte, flaca por naturaleza, le debe indignar y hasta llenar de envidia de la mala la gente glotona como el rey Adolfo Federico de Suecia quien, en 1771, fue sorprendido por ella en pleno banquete cuando devoraba sopa de repollo, langosta, chucrut, caviar, ciervo ahumado, champaña y catorce platos de postres de leche, relleno de mazapán y semilla.
Pero hay gente menos afortunada que no murió comiendo, como Esquilo, el gran dramaturgo, quien vivió su propia tragedia griega al acabar sus días golpeado por la tortuga que desde el aire soltó un águila de sus garras en el momento de sobrevolar la cabeza del genio.
Según la leyenda, como la tortuga era enorme, la intención del águila era lanzarla desde el aire contra una roca para despedazar su caparazón y podérsela comer sin tanto estorbo, con tan mala suerte para el ave, y para Esquilo, que esta se confundió de blanco.
No tenemos nada contra los políticos, pero Allan Pinkerton, fundador de la primera agencia americana de detectives del mundo, bautizada con su nombre, murió como deberían morir algunos de aquellos: de una gangrena tras morderse la lengua. Y no fue por decir mentiras, difamar, hacer falsas promesas o jurar en vano, sino debido a un resbalón mientras caminaba.
Hans Steininger es un nombre que a nadie le dice nada, pero su barba sí. Fue catalogada, en su momento, como la más larga del mundo con 1.40 metros de longitud, de lo cual él se sentía especialmente orgulloso. No obstante, su barba llegó a ser aún más famosa pero no porque le creciera más sino porque, durante un incendio, al tratar de huir, se le enredó entre los pies, tropezó y se desnucó.
Y para terminar, la siguiente muerte debe de haber sorprendido a la misma muerte que estaría en otras cuando ocurrió. La reportera Christine Chubbuck de un noticiero estadounidense se suicidó en el preciso instante de estar transmitiendo en vivo el 15 de julio de 1974. Tras anunciar como primicia un intento de suicidio, sacó un revólver y se disparó en la cabeza. Sus últimas palabras fueron: "Para continuar con las políticas del canal 40 de traerles las noticias más sensacionalistas, verán otra primicia: un intento de suicidio".

