Los abuelos abrieron montaña y se encontraron una sucursal del paraíso
Estas maravillas están en el kilómetro 70 de la Carretera Interamericana Sur

La variedad de hermosas aves, como este colibrí, atrae a los turistas de aquí y de allá hasta Copey de Dota. Foto VHVargas.
La simiente la sembraron los abuelos hace 55 años, cuando nadie se asomaba por esos lares.
La calle era de lastre y se llenaba de barro en la estación lluviosa y de polvo en el verano. Solo había bosques vírgenes de viejos robles. Y vecinos lejanos. Pero pudo más el llamado a no tener patrón. Edie Serrano, que era como se llamaba el abuelo, echó sus pertenencias en un saco de gangoche, convenció a su esposa Leonor y se fueron a la aventura.
Hicieron un ranchito y "carrilaron" más de 100 manzanas de tierra que no tenía dueño.¿ Y qué hicieron después? Para vivir Edie empezó a derribar robles; la madera se convertía en barriles y las ramas en carbón. Para enfrentar el frío, una fogata y, como eran fieles creyentes, se aferraron al mandato bíblico de creced y multiplicaos. Nacieron 15 chiquitos, pero solo quedaron 8. Los demás murieron de gastroenteritis.
Con el paso de los años, parte de aquella tierra se convirtió en pastizales de kikuyo cuya semilla don Edie conseguía cerca del Volcán Irazú. Los hijos se mantuvieron bajo un mismo techo o cerca de sus progenitores. Pero la historia cambió cuando en el 77 un infarto se llevó al padre.
Se repartió la herencia y algunos vendieron y se fueron. Jorge, el menor, se aferró al sueño de su papá. Y decidió quedarse. A los 21 se casó con Bertilia Obando, y ya van por 7 hijos.
Cuando estos nietos de Edie y Leonor crecieron, la cosa se puso fututa.
La plata no alcanzaba; padre e hijos unieron iniciativas y arrojo. Si Dios nos dio esta naturaleza excepcional, saquémosle el jugo a esta tierra, pensaron.
Un proyecto de turismo rural
Como en el Técnico Profesional de Dota les daban clases de turismo rural, los hijos se entusiasmaron y en el 91 empezaron a construir.
Hoy tienen 14 cabinas; llegan turistas de todo el mundo a ver quetzales, colibríes y otros animales. Y se quedan con la boca abierta cuando pasan y posan en los senderos de las 80 hectáreas de la reserva frente a árboles de roble de 800 años y un sobreviviente de ciprés de montaña de 1.000 años. No es cuento: expertos del Centro Agronómico Tropical de Investigación y Enseñanza (CATIE) analizaron los robles. Al ciprés le hicieron una prueba de carbono 14.
Yo compartí, junto a una hija y una nieta, con personas llegadas de Japón, Holanda, India, Estados Unidos y Francia. Pero llega gente de China, de toda Europa, de África y Oceanía a ver flora y fauna. Y a tomar fotografías.
Se enteran a través de Internet. Y quedan fascinados.
Me cuenta Jorge Serrano padre que en una parte del bosque que se ha preservado, abundan las huellas de dantas o tapires, de venados y de pumas. A 3 kilómetros de ahí nace el río Parrita que atraviesa otra reserva de árboles de roble que nadie tocó desde que nacieron hace 8 siglos. Y 5 kilómetros más al sur, está el Parque Nacional Los Quetzales. Como quien dice, tienen un patio de más de 4 mil hectáreas.
Si don Edie, que hace 55 años abandonó Capellades de Cartago del brazo de su amada Leonor, resucitase, sin duda se pondría feliz al comprobar que en el kilómetro 70 de la carretera interamericana sur, se abrió una sucursal del paraíso.
Doy fe de tanta belleza y les comparto algunas fotografías que tomé mientras algunos empleados del Poder Judicial se solazaban reteniendo muertos y cerrando juzgados.
Jorge, el hermano mayor, junto a Bryan, Kevin y Jennifer están al frente del negocito. Son bilingües, amables, serviciales y amantes de la naturaleza.
Ahí, a 2.700 metros sobre el nivel del mar, el tinitus (ese molesto ruido en los oídos) me dejó por varias horas. En su lugar, escuché los sonidos del viento, la caída de las cascadas y el aleteo incesante de los colibríes que, literalmente, se posan sobre los hombros de los visitantes.
Dichosos.




