Atrapados en las presas: ansiedad, agotamiento y menos tiempo para vivir

10 de Oct. 2026 | 2:04 am
Circunvalación es uno de los puntos que generan más presas en San José.

Circunvalación es uno de los puntos que generan más presas en San José.

Para Melissa Sánchez, el tránsito no solo significa pasar horas de camino entre su casa y la universidad. En ocasiones, quedar atrapada en una presa le desencadena episodios de ansiedad que convierten el viaje en una experiencia difícil de manejar.

La estudiante vive en San Vicente de Santo Domingo, Heredia, y se traslada hasta la Universidad de Costa Rica (UCR), en San Pedro de Montes de Oca. Cada día debe tomar dos autobuses y puede pasar alrededor de cuatro horas en los recorridos de ida y vuelta.

Cuando el tránsito se detiene y siente que no puede avanzar, la ansiedad puede aparecer. A esa sensación se suma la frustración de invertir tanto tiempo en llegar a clases, incluso cuando debe desplazarse durante más horas de las que permanece en el aula.

Su experiencia refleja una dimensión del congestionamiento vial que va más allá de las horas perdidas: el impacto que los traslados prolongados pueden tener en la salud mental.

Tatiana Centeno, otra estudiante de la UCR, también conoce el desgaste de esos recorridos. Vive en La Guácima de Alajuela y viaja hasta San Pedro cuatro días por semana. Para llegar a la universidad debe tomar dos autobuses y, en ocasiones, el trayecto puede extenderse hasta dos horas y 45 minutos.

Después de pasar tanto tiempo en carretera, llega agotada. Incluso, ha tenido que sacrificar el tiempo destinado al almuerzo y aprovecha algunos momentos del recorrido para dormir. El viaje no termina cuando llega a la universidad: el cansancio también condiciona lo que puede hacer durante el resto del día.

Aunque las experiencias de ambas son distintas, comparten una realidad: buena parte de su tiempo y energía se consume en desplazamientos que no pueden evitar fácilmente.

Una fuente de estrés

Ivannia Serrano, presidenta del Colegio de Profesionales en Psicología, explica que permanecer durante periodos prolongados en el tránsito puede generar impotencia y estrés. Cuando esa situación se repite de manera cotidiana, puede convertirse en una fuente constante de malestar.

El estrés crónico puede contribuir a problemas de ansiedad y manifestarse mediante fatiga, irritabilidad, frustración y dificultades para dormir. La preocupación también puede comenzar antes de salir de casa, cuando la persona anticipa las presas, calcula cuánto tardará en llegar o teme quedarse atrapada en el camino.

En el caso de Melissa, esa posibilidad tiene consecuencias concretas: el tránsito puede convertirse en un detonante de su ansiedad. La incertidumbre sobre la duración del viaje y la sensación de no poder avanzar dificultan una actividad que, en principio, debería ser un simple traslado.

El desgaste tampoco se limita al momento de conducir o viajar. Según Serrano, el estrés asociado con la movilidad puede afectar las relaciones familiares, la vida social y la manera en que las personas reaccionan ante otras situaciones cotidianas. La frustración acumulada también puede trasladarse a la convivencia con otras personas y a la forma de relacionarse en carretera.

Los efectos se vuelven más difíciles de manejar cuando el viaje ocupa una parte considerable del día y reduce el tiempo disponible para descansar o atender otras responsabilidades.

Eso también ocurre en la rutina de Tatiana. Además de asistir a clases, debe atender responsabilidades familiares, entre ellas el cuidado de sus hermanos menores. El agotamiento del traslado se suma a las exigencias de su vida cotidiana y reduce el margen que tiene para recuperarse.

Horas de traslado que se acumulan

El tiempo que Melissa y Tatiana pasan en carretera forma parte de un problema más amplio. Según datos de la Universidad Nacional (UNA), los costarricenses pasan, en promedio, 27 días al año dentro de un vehículo.

Más allá de la cifra, las consecuencias dependen de las condiciones de cada persona. Un traslado prolongado puede significar menos horas de sueño, menos tiempo para estudiar, dificultades para compartir con la familia o la necesidad de sacrificar actividades básicas para cumplir con los horarios.

Una investigación sobre patrones de desplazamiento en 11 ciudades latinoamericanas encontró una asociación entre las demoras en los traslados y los síntomas depresivos. El estudio reportó que cada 10 minutos adicionales de demora se relacionaban con un aumento del 0,8% en la probabilidad de obtener un resultado positivo en un tamizaje de depresión.

El resultado señala una asociación, no una prueba de que las presas causen depresión en todas las personas. Sin embargo, refuerza la importancia de analizar la movilidad también desde sus posibles efectos sobre el bienestar psicológico.

Para Melissa, el problema no se resuelve simplemente con salir más temprano. Ha llegado a cuestionarse si vale la pena hacer un recorrido tan largo para asistir a una clase que dura menos que el tiempo que necesita para llegar y regresar.

La posibilidad de mudarse más cerca de la universidad tampoco resulta sencilla. El costo de vivir en otro lugar y la ayuda que recibe de su madre para cuidar a su hijo son factores que la mantienen vinculada a Heredia.

Tatiana enfrenta limitaciones similares. Mudarse cerca de la UCR implicaría asumir gastos que no puede cubrir fácilmente y alejarse de las responsabilidades familiares que tiene en Alajuela.

Ambas experiencias muestran que el tiempo de traslado no depende únicamente de una decisión individual. Las posibilidades de cambiar de vivienda, utilizar otro medio de transporte o reorganizar los horarios están condicionadas por los recursos económicos y las necesidades familiares.

El problema de cómo se diseñan las ciudades

Gabriela Cob, psicóloga y activista por la movilidad sostenible, señala que el desarrollo urbano ha priorizado el uso del automóvil, mientras que caminar, andar en bicicleta o utilizar el transporte público no siempre son opciones seguras, cómodas o adecuadas.

Esa planificación influye en las posibilidades de desplazamiento y en el tiempo que las personas deben invertir para llegar al trabajo, al centro educativo o a otros servicios. Cuando las distancias son largas y las alternativas son limitadas, los viajes pueden convertirse en una carga diaria.

Cob también advierte que las personas pueden terminar buscando soluciones individuales, como comprar un vehículo, ante la falta de opciones de movilidad. Sin embargo, esa respuesta no resuelve necesariamente la congestión y puede mantener la dependencia del automóvil.

La especialista recuerda que caminar y andar en bicicleta pueden contribuir al bienestar, pero para aprovechar esas alternativas se requieren calles seguras e infraestructura adecuada. Sin esas condiciones, no basta con recomendar a las personas que cambien su forma de trasladarse.

Reducir el impacto de las presas en la salud mental exige, por tanto, mirar más allá de los hábitos personales. También implica considerar cómo están organizadas las ciudades, qué opciones de transporte existen y cuánto tiempo deben invertir las personas para realizar actividades esenciales.

Esta información forma parte de un especial elaborado en el contexto del Día Mundial de la Salud Mental . Estas son las otras publicaciones de la serie: