Llamadas, cartas y visitas para seguir siendo madres desde prisión

Una llamada para preguntar si hizo la tarea. Una carta enviada desde una celda. Una visita de apenas unas horas. Una fotografía guardada para que una niña no olvide el rostro de su madre.
Para algunas mujeres privadas de libertad, la maternidad continúa detrás de los muros de una cárcel. Cambia la forma de cuidar, pero no desaparece la necesidad de estar presentes en la vida de sus hijos.
Las preguntas llegan por teléfono. Los cumpleaños se viven a la distancia. Los primeros pasos se pierden. Y cada visita termina con una despedida que recuerda cuánto tiempo queda por recuperar.
Tifanny, Stephanie y Hazel son parte de esas madres que, durante su paso por prisión, buscaron distintas formas de seguir presentes en la vida de sus hijos, aun cuando el encierro les impedía estar a su lado.
Tifanny: una mamá que cuidaba desde el teléfono
Tifanny ingresó al Centro de Atención Institucional (CAI) Vilma Curling cuando tenía 21 años. Su hijo tenía apenas 5.
El padre del niño nunca estuvo presente. Por eso, mientras Tifanny cumplía su condena, su madre asumió el cuidado del menor.
Desde prisión, Tifanny intentaba mantener la rutina de su hijo a la distancia.
Lo llamaba todos los días. Le preguntaba si había hecho la tarea, si había ido a la escuela, si estaba enfermo o incluso si había lavado su plato.
"Esa es la forma en la que las mamás tratamos de seguir con nuestro rol de madre desde la cárcel", afirmó.
El teléfono, sin embargo, tenía límites.
Si su hijo enfrentaba un problema en la escuela, se enfermaba o simplemente necesitaba a su mamá, Tifanny solo podía intentar ayudar mediante una llamada.
Uno de los momentos más difíciles fue conseguir que el niño pudiera visitarla. Para ingresar al centro penitenciario necesitaba la autorización de su padre, pese a que él nunca había estado presente en su vida.
Cuando finalmente comenzaron las visitas, Tifanny enfrentó otra preocupación.
"No sabía si estaba bien o no que me lo llevaran ahí, que él me tuviera que ver en esas condiciones", contó.
Durante las visitas intentaba explicarle por qué estaba en prisión. No quería ocultarle la realidad. Le decía que había cometido un error y que estaba asumiendo las consecuencias.
Pero había preguntas para las que ninguna explicación parecía suficiente.
"Mamá, es que te necesito", le decía su hijo.
Tifanny recuerda la frustración de saber que su hijo la necesitaba y no poder estar ahí. También recuerda el miedo de perder etapas de su vida que nunca volverían.
Temía que su hijo se alejara de ella. Era muy pequeño y podía acostumbrarse a vivir sin su madre.
Por eso, además de las llamadas, le enviaba cartas, dibujos y manualidades.
Cuando recuperó la libertad, descubrió que su hijo había conservado todo. Tenía una colección de aquellos recuerdos en una pared.
Al salir, Tifanny tuvo que reconstruir poco a poco la convivencia. Primero vivió con su madre. Después, conforme recuperó su independencia, retomó plenamente la vida junto a su hijo.
Hoy asegura que recuperaron el tiempo perdido.
"A pesar de que no estuve con él todos esos años, siempre estuve ahí pensando en él, siempre estuve pendiente. Siempre seguí siendo su mamá a pesar de la distancia".
Para Tifanny, su hijo sigue siendo una de sus principales motivaciones para mejorar.
Stephanie: el miedo de que su hija la olvidara
La historia de Stephanie comenzó de otra manera.
Su hija tenía apenas un año y ella 25 cuando ingresó al centro penitenciario.
Recuerda que el día que debía presentarse a una audiencia dejó a su bebé dormida en casa. Se fue con el temor de que su hija despertara y ella ya no estuviera.
Eso fue lo que ocurrió.
Ese día comenzó su sentencia y Stephanie no volvió a casa.
Su ingreso coincidió además con la pandemia. Pasó prácticamente un año sin poder ver a su hija.
Las llamadas tampoco eran suficientes. La niña era demasiado pequeña para comprender quién estaba al otro lado del teléfono.
Su madre asumió entonces el cuidado de la menor. Estuvo presente durante los años de ausencia y la niña llegó a llamar "mamá" a ambas.
Stephanie agradece el apoyo que recibió de su madre, pero la separación también significó perder momentos que nunca podrá recuperar.
No fue la primera persona a la que su hija llamó mamá, no vio sus primeros pasos, no pudo darle de comer, ni acompañarla en buena parte de sus primeros años.
"El crecimiento me lo perdí, sus primeros pasos me los perdí, todo me lo perdí, darle de comer, todo eso", recordó.
Para mantener presente a Stephanie, su madre comenzó a mostrarle fotografías. La idea era que la niña pudiera reconocer el rostro de su mamá y mantenerlo presente.
Cuando finalmente pudo visitarla, Stephanie no sabía cómo reaccionaría su hija.
Su madre incluso le advirtió que, si la niña no se acercaba, no debía interpretarlo como un rechazo.
Stephanie recuerda aquel primer encuentro.
"Yo me acerqué muy sutilmente a ella y le pedí como un bracito y le dije: 'Hola'. Y ella me sonrió y yo la agarré y la apreté toda".
Durante un tiempo, su hija solo pudo visitarla una vez al mes.
Stephanie llegó a preguntarse qué era peor: que los hijos fueran grandes y entendieran la ausencia o que fueran pequeños y no llegaran a construir un vínculo con su madre.
"Tenía una hija y al final no la sentía mía".
Cuando recuperó la libertad, descubrió que también debía aprender a ser madre nuevamente.
Había dejado a una niña pequeña y regresaba a una niña distinta, con nuevas rutinas, nuevas experiencias y una vida de la que ella había estado ausente.
También enfrentó una consecuencia que todavía intenta sanar: la culpa.
Sentía que debía compensar todo el tiempo perdido. Por eso llegó a complacer a su hija en todo lo que pedía.
Con el tiempo entendió que recuperar el vínculo no podía ocurrir de un día para otro.
Hoy estudia y busca construir una vida distinta. Quiere que su hija pueda verla como un ejemplo y, algún día, explicarle su pasado, pero también mostrarle que una persona puede cambiar.
Hazel: hacer todo lo posible por su hija
Cuando Hazel ingresó al sistema penitenciario ya era madre de dos niñas. Una de ellas no vivía con ella y la otra tenía apenas un año. Hazel tenía 18 años.
Su hija la visitaba todos los fines de semana en el centro penitenciario.
Uno de los momentos más difíciles llegaba con cada despedida. Su hija se iba llorando y Hazel intentaba mantenerse fuerte hasta que dejaba de verla.
Entonces lloraba.
"Para ella eso era mi trabajo. Ella en este momento tiene 10 años y ella no sabe que yo estuve privada de libertad. Me fue muy difícil porque yo tengo problemas psiquiátricos. Yo lo que pensaba era mi hija, mi hija, mi hija, mi hija", contó.
Durante su permanencia en prisión obtuvo una beca para estudiar. Sin embargo, destinaba ese dinero a comprarle cosas a su hija.
También buscó otras formas de obtener ingresos. Lavaba ropa ajena y realizaba ventas dentro del centro penitenciario.
Hacía todo lo que estaba a su alcance para reducir su condena y, al mismo tiempo, mantener el vínculo con su hija.
Tiempo después de ingresar al centro penitenciario, Hazel quedó embarazada. Por ese motivo fue trasladada al módulo Materno Infantil, donde permaneció hasta recuperar la libertad.
No quiso que su otra hija viviera allí. No quería que creciera en ese ambiente.
Después de prisión, Hazel describe su vida como una etapa con momentos difíciles, pero también con oportunidades para comenzar de nuevo.




