Tica volvió los ojos y el corazón hacia África con la misión de ayudar
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"Mi nombre es Gloriana Oconitrillo, soy tica, puriscaleña; pero mi corazón le pertenece a África. Yo creo que hay pasiones de pasiones y definitivamente África es la mía".
"Me acuerdo, desde muy pequeñita, pensar y soñar con África, a tal punto de cuestionarme por qué ellos tenían ese color y yo no. Eran esas confrontaciones inocentes de una niña de 4 años que ahora obviamente se piensan diferente. Yo no sabía ni leer en ese momento, pero sentía mucha afinidad por ese continente. Agradezco mucho que mis papás nunca me dijeron ‘deje esos sueños, eso no tiene sentido'. ¡No! Siempre dejaron que todo fluyera, porque si esa pasión al final iba a tener un propósito, iba a valer la pena, pero era algo que no se iba a saber a esas edades".
"Eso se fue anidando en el corazón y creo que el corazón siempre influye en todo momento. Cuando algo apasiona, cuando es real y cuando tiene un objetivo claro, el corazón siempre le va a recordar eso, a pesar de que, conforme iba creciendo, me iba topando con un entorno que me decía que eso no tenía sentido".
La cifra
"Pero ese sueño se convirtió en un propósito cuando muchos años después, leí un proyecto de tesis de Olga Ruiz, una tica que tenía 12 años de estar trabajando como directora de una clínica en Etiopía. Esa cifra de 75% de mortalidad infantil en Haro Wato me abrió los ojos y me hizo entender que yo tenía que hacer algo para ayudar, que era el momento de hacer realidad algo en lo que siempre pensé".
"Ella estaba en Costa Rica realizando una maestría en pediatría con el fin de reducir esa cifra y me habló de la importancia de equipar una sala de internamiento en la clínica para la que ella trabajaba. Ellos contaban con la infraestructura pero no con el equipo que se necesitaba para salvar vidas, desde un estetoscopio hasta una camilla o medicamentos. Niños y adultos que estaban muriendo por tos, gripe o diabetes, cosas que acá en el país vemos leves".
"En medio de las confrontaciones que sentía, una amiga llamada Martha me impulsó y fue así como nació AfriTica, para proyectos de acción social en África desde Costa Rica. Empezamos a realizar artesanías, collares con nuestras propias manos, a asistir a ferias y a buscar los fondos para lograr ese sueño. A través de las redes sociales se fue contando la realidad que se estaba viviendo en Etiopía y ahí fuimos recaudando fondos para el equipamiento para la sala de internación".
"Olga nos envió fotos, realizamos un informe y nos dimos por satisfechos porque dijimos ‘¡Ya estamos en África!'. Mi amor por África no dependía de si yo estaba o no allá, sino de lo que podía hacer por ellos".
"Tiempo después hubo una ola de migrantes africanos acá en Costa Rica y un grupo de voluntarios de AfriTica fuimos a asistirlos a la frontera con Panamá y cuando vi al primer africano pensé ‘ya no necesito nada más', pero viendo la necesidad que tenían y la manera en la que huían me di cuenta que de nuevo podíamos ser un canal y ayudar".
"Seguimos en contacto con la misionera costarricense y ella nos dijo que estaban teniendo problemas por muchas situaciones como distancia, nivel de desnutrición y que estaban muriendo muchas personas por no ir a la clínica y que, había unos centros que el Gobierno los tenía abandonados en zonas estratégicas y que a ellos les servía para dar atención, solo había que equiparlos y poner un enfermero que diera atención primaria".
"De nuevo iniciamos la recaudación de fondos para el equipamiento básico. Hicimos una solicitud para participar en la Feria del Café y empezamos a crear muchos otros productos como collares, turbantes y muchas otras cosas para generar los fondos para el equipamiento de esos 5 centros".
"En el 2017, dos años después tomé la decisión y dije ‘bueno, he pasado mi vida ahorrando, es hora de hacer la mejor inversión de mi vida, asumir mi responsabilidad con ese país'. Sabía que necesitaba hacerlo para tratar de entender qué había pasado desde muy pequeñita y por qué yo sentía eso. Compré los tiquetes y renuncié a mi trabajo, aunque me decían "loca" y muchas otras cosas, yo siempre me guié por lo que me decía el corazón, pero todo siempre con un propósito. A veces la gente se va y allá intenta buscar un propósito, pero no, las cosas no son así, no podemos movernos por un impulso".
"Alistamos todo el dinero y fuimos dos personas de AfriTica. Cuando llegamos a Addis Abeba -la capital de Etiopía- había como un sentimiento distinto. Pasamos muchas situaciones para poder ingresar y había que trasladarse muchas horas para llegar a Haro Wato, pero, cuando yo llegué a ese lugar dije ‘tantas veces he escuchado de este lugar que no puedo dimensionar que ya esté aquí'".
"Al día siguiente y cuando ya había dimensionado dónde estaba y el por qué, llegó uno de los funcionarios de la clínica y dijo ‘acaba de llegar una mujer en labor de parto' y me fui y presencié el milagro de la vida, aunque yo no podía decirle nada porque no le iba a entender nada, era darle apoyo a la madre".
"Después me dediqué a trabajar en el laboratorio con el microbiólogo, sacando muestras y aprendiendo sobre la tifoidea, una enfermedad que cobra la mayoría de vidas en ese país, por el consumo de cosas contaminadas de materia fecal"
"Yo estaba emocionada y feliz. Todo iba transcurriendo con normalidad hasta que llegó un bebé de 4 días muy grave. Su madre no había podido darle de mamar desde que nació y estaba en muy malas condiciones. Aunque tratamos de salvarle la vida, murió allí, sin que yo pudiera hacer absolutamente nada. Si bien, muchas cosas me impactaron, hubo dos que marcaron mi vida: la de ese bebé que vi morir y la historia de Menguisthu, un niño a quien habían mandado a morir a su casa porque no había mucho qué hacer por él. Ese pequeño llegó a la clínica y en 5 minutos le diagnosticaron diabetes. Es decir, él estaba a punto de morir por una enfermedad totalmente controlable y gracias al equipamiento y todo lo que teníamos en esa sala pudimos salvarlo y darle las herramientas a sus padres para que aprendieran sobre cómo alimentarlo".
La enfermedad y el aprendizaje
"En todo ese tiempo me dediqué a orar y pedirle a Dios que me permitiera vivir la experiencia desde lo más profundo, que pudiera ayudar a las personas y que pudiera aprender, pero no me esperaba de qué manera".
"Allá no se tiene agua potable y la comida no está preparada en las mejores condiciones. Un día tuvimos que salir de la clínica y comer afuera, en una especie de puesto de comidas. No es porque sean cochinos, es porque no hay forma de que puedan ser limpias las cosas cuando no hay agua potable, servicios ni electricidad".
"A la semana después empecé mal, con muchísima fiebre y un dolor de cabeza que no puedo explicar, un dolor diferente. Me sentía verdaderamente mal, no tenía fuerzas de nada, con escalofríos y no me podía ni levantar de la cama. Busqué en Internet y dije ‘claro, lo que tengo es malaria, ¡Tengo todos los síntomas!', pero conforme pasaban los días me sentía peor y en la clínica me hicieron los exámenes y resultó que era tifoidea. ¡Me había enfermado de tifoidea! Los síntomas eran muy fuertes, la reacción que iba teniendo al medicamento y todo me afectó mucho. Lo adquirí por la comida contaminada".
"Ahora que lo pienso lo veo de una manera positiva, el hecho de hacerse pobre con ellos, de vivir lo que pasan, la sanación y demás, me hizo entender a África desde todas las aristas. Un mes después por un tema de permisos tuvimos que salir de allá y venirnos para Costa Rica, con el corazón feliz, lleno y agradecido. Los centros que equipamos atienden alrededor de 5.400 personas al mes y eso es un avance gigante, es saber que todo lo que hicimos desde AfriTica valió la pena, es estar agradecido porque logramos cumplir ese sueño de una niña de cuatro años que confió en su corazón".
"Ahora, el próximo proyecto es lograr la alfabetización de 30 mujeres en Sur Sudan, un país lleno de guerra, dolor y muerte, donde solo el 19% de las mujeres saben leer y escribir".

























