Dream Theater en Costa Rica: ¿qué se hace ante tanto virtuosismo?
Para los entendidos del metal progresivo, los apellidos Petrucci, Portnoy, Rudess, Myung y LaBrie equivalen a cátedra. Con ellos en escena, Dream Theater trajo a Parque Viva un recorrido por su legado que corrigió la deuda del 2012: un concierto exigente, virtuoso y pensado desde lo contemplativo.

Foto: Cortesía de Ginnette Quesada.
Hay conciertos a los que uno puede ir a vacilar, a bailar, a entregarse a la gozadera. Y hay otros a los que uno va a poner atención, casi en trance, porque exigen elevar la capacidad cerebral a niveles que no son tan cotidianos. La concentración no solo es sugerida: es requerida. Solo así es posible entender (o al menos intentar asimilar) lo que está sucediendo en el escenario.
Dream Theater es un ejemplo esencial de lo anterior. La legendaria banda de metal progresivo —buena suerte tratando de explicarle ese concepto a quien no esté iniciado— más que dar un concierto, brinda una cátedra musical: un ejercicio de virtuosismo tan extraordinario que uno, como audiencia, se siente alumno, atento a cada detalle, sin que nada parezca insignificante, porque todo importa, todo cuenta.
Desde luego, esto se dice fácil desde la admiración labrada por décadas a un grupo que bien podría ser el secreto mejor guardado del rock, dado su consumo limitado fuera de una audiencia especializada. Si uno se guiara únicamente por los indicadores tradicionales de éxito, Dream Theater parecería "quedarse corto": "solo" ha ganado un premio Grammy en más de cuarenta años de carrera; "solo" ha tenido algo cercano a un sencillo masivo —Pull Me Under, que vale decir nunca se acercó al top 10 de Billboard—; y difícilmente veremos camisetas con su logo en tiendas juveniles de moda, como sí ocurre con bandas más comerciales. Incluso cabe preguntarse si alguna vez tendrá el arrastre necesario para entrar al Salón de la Fama del Rock and Roll.
Pero esas son métricas menores, superficiales incluso, para las cerca de 7.000 personas que se reunieron el jueves por la noche en Parque Viva, conscientes de que el éxito de Dream Theater —y del rock progresivo en general— se mide con otras variables, imposibles de encajar en los parámetros convencionales de popularidad.
El grupo volvió a suelo costarricense en el marco de su gira de 40 aniversario, y lo hizo con un elemento que redefine por completo la experiencia: la presencia de Mike Portnoy, el gran ausente en su debut en el país en 2012.
Habían pasado catorce años desde aquella primera visita, cuando la banda se presentó en el Palacio de los Deportes de Heredia en plena gira de A Dramatic Turn of Events. Aquella noche tuvo un valor evidente —era el debut de una de las agrupaciones más influyentes del metal progresivo en Costa Rica—, pero también una ausencia imposible de ignorar: no estaba Mike Portnoy, baterista original, cofundador y una de las piezas más determinantes en la identidad del grupo. En su lugar, el impecable Mike Mangini sostenía una etapa de transición que, si bien fue sólida en lo técnico, respondía a un momento específico de la banda: promoción de disco nuevo, reconfiguración interna y una narrativa todavía en construcción.
Lo de anoche fue distinto. Por primera vez, Dream Theater se presentó en Costa Rica con Portnoy de vuelta en la batería, tras su reincorporación en el 2023. Ese detalle, que en otra banda podría parecer anecdótico, aquí redefine el peso del concierto. No era simplemente un tour más: era una celebración de su propia historia.

Foto: Cortesía de Ginnette Quesada.
La diferencia se percibe desde la concepción del repertorio. Si en el 2012 el setlist estuvo fuertemente anclado a un álbum específico, el del 2026 se construyó como una curaduría de carrera: un recorrido amplio que atraviesa distintas etapas del grupo. La coincidencia entre ambos conciertos es mínima —apenas Metropolis Pt. 1: The Miracle and the Sleeper y The Spirit Carries On—, lo que evidencia una decisión clara: no repetir, sino reescribir la experiencia.
Y en esa reescritura también hay una especie de ajuste de cuentas. Canciones fundamentales como Pull Me Under, ausente en aquella primera visita, aparecieron esta vez dentro de un repertorio que sí entiende su valor. El resultado fue un show más largo, más ambicioso y, sobre todo, más consciente de su efecto emocional: no solo una demostración de virtuosismo, sino una experiencia pensada en la conexión con el público.
Visto en perspectiva, el concierto del 2012 fue una introducción necesaria, pero incompleta. El del 2026, en cambio, se sintió como la versión definitiva: la banda reunida en su forma más icónica, revisitando su catálogo con la autoridad del tiempo y saldando, de paso, una deuda que había quedado pendiente con Costa Rica.
La experiencia de Dream Theater demandó disciplina: el grupo toca casi tres horas y no incluye teloneros. Y dado que en Costa Rica seguimos con esa disposición anacrónica del Ministerio de Salud que exige que los eventos masivos en recintos abiertos concluyan antes de las 10 p. m., a las 7 p. m. ya estaba la banda en escena. Eso implicó que el público emprendiera la excursión hacia Parque Viva desde tempranas horas de la tarde, sabiendo que entre semana llegar al recinto de La Guácima es un ejercicio de sobrevivencia e inmovilidad urbana.
La audiencia era la esperable: predominancia de roqueros veteranos, debidamente ataviados de negro en una de esas noches que permiten sacar a lucir la chema metalera que no es precisamente la más recomendable para los almuerzos familiares de domingo en Rostipollos. Tampoco se trataba de extremos de satanismo impresentable —que no hacen falta—, sino más bien de una muestra de oído formado, suscrito a los logos de Tool, Iron Maiden, Metallica, Black Sabbath, Queensrÿche o Faith No More. Entre nosotros nos entendemos.
En el plano formal, el concierto apostó por un montaje sencillo, sobrio. Desde luego, la descomunal batería de Portnoy dominaba la escena: el elemento más protagónico (qué delicioso exceso que tenga tres bombos; el que puede, puede). Al fondo, una pantalla proyectaba visuales de carácter ilustrativo, alusivos a cada pieza, lo suficientemente nutritivos para redondear la experiencia, pero sin recargarla ni distraer de los ejecutantes.
Y ahí, justamente, aparece el que considero el principal punto débil del show: la banda, inexplicablemente, prescindió de las habituales pantallas laterales y de la realización de video en vivo, ese recurso que permite ver en detalle lo que están haciendo los músicos. Si hay un concierto en el que se necesita una pantalla gigante que muestre con lujo de detalle lo que pasa en tarima, es este. A excepción, quizá, de quienes se ubicaron justo al centro y frente al escenario, el resto nos quedamos con ganas de ver con claridad lo que los dedos de John Petrucci lograban sobre las cuerdas.

Foto: Víctor Fernández G.
Dream Theater es un grupo que habla poco, algo entendible en un show con piezas que superan con facilidad los diez minutos. Las intervenciones del cantante James LaBrie son escasas, pero cálidas, como cuando reconoció, antes de interpretar The Enemy Inside, que se trataba de una canción de una época en la que buena parte de los asistentes más jóvenes probablemente estaban en el kínder.
Por diseño, hay extensos tramos del concierto en los que LaBrie desaparece y sus compañeros se entregan por completo a lo instrumental, en un despliegue donde la técnica se convierte en lenguaje principal. Este es un grupo en el que el cantante no es el líder ni la estrella; más bien ocupa una quinta posición en la hoja de créditos. Y eso está bien, especialmente porque su voz ya evidencia un desgaste difícil de disimular.
En cambio, lo de los otros cuatro es espectáculo puro. Mike Portnoy tiene bien ganada su fama como uno de los bateristas de referencia para cualquiera que aspire a sentarse frente a un set, con una ejecución que combina potencia, precisión y teatralidad. Además, su carisma es innegable: en un curioso cambio de roles, actúa casi como un frontman desde la parte trasera del escenario.
Y algo similar puede decirse de Petrucci. Lo suyo roza lo científico: más que un guitarrista, parece un matemático aplicado al instrumento. Todo lo que interpreta da la sensación de responder menos a la inspiración espontánea y más a leyes exactas, casi físicas, ejecutadas con una precisión quirúrgica que abruma.
A su lado, Jordan Rudess brilla con luz propia: un tecladista que se sabe querido y que responde en consecuencia, inquieto, expresivo, responsable de los pasajes más experimentales y alucinógenos del repertorio. Y en ese engranaje perfectamente aceitado, John Myung cumple un rol igual de determinante. Su bajo no acompaña: propone. En una banda donde cada instrumento compite por protagonismo, Myung logra que las frecuencias graves también tengan voz propia y narrativa.
Pero incluso en medio de esa maquinaria de precisión, la agrupación también sabe cuándo conectar desde otro lugar. Hubo momentos en los que el virtuosismo cedió espacio a la emoción, con guiños que apelaron a la memoria del público: fragmentos de Wish You Were Here, de Pink Floyd —la banda progresiva por excelencia—, y de Wherever I May Roam, de Metallica —la banda metalera por excelencia—, se colaron en el repertorio como puentes emocionales. Y ahí a todos nos brincó el corazón.
Al final, lo vivido fue una velada sí emotiva, pero ante todo contemplativa. En lo personal, aquello me dejó una sensación cercana a recorrer la galería de arte más alucinante: no tanto para reaccionar de inmediato, sino para absorber, procesar, quedarse un rato más en cada detalle.
Es claro que Dream Theater no es para todo el mundo, y no se trata de esnobismo ni de petulancia cultural. Hay etapas que uno, como amante de la música, debe ir quemando previo a poder disfrutar plenamente de A Change of Seasons, la obra magna de la banda estadounidense, interpretada íntegra en Parque Viva a pesar (o más bien a favor) de sus 23 minutos de duración. Sí: una sola pieza de 23 minutos.

Foto: Cortesía de Ginnette Quesada.
El encore fue emotivo y merecido. Con The Spirit Carries On, el anfiteatro coreó lo más cercano a una power ballad en toda la noche, mientras que el cierre quedó, desde luego, para Pull Me Under, el autoproclamado gran hit de la banda y que no fue parte de su concierto del 2012.
Pedir más sería absurdo, aunque en lo personal me quedó la espinita de no escuchar Another Day, otro clásico noventero que representa lo más cercano a un sencillo pop en su catálogo. Pero no hizo falta. Para muchos —y me incluyo—, bastó con haber presenciado, por primera vez en Costa Rica, a Mike Portnoy detrás de la batería. Y con eso, la noche ya estaba más que completa.
Ficha técnica
Artista: Dream Theater
Gira: 40th Anniversary World Tour 2024–2026
Fecha: 16 de abril del 2026
Lugar: Anfiteatro Coca-Cola, Parque Viva
Productora: Primo Entertainment
Hora de inicio: 7:00 p.m.
Duración: Aproximadamente 3 horas
Integrantes:
- James LaBrie — voz
- John Petrucci — guitarra
- John Myung — bajo
- Jordan Rudess — teclados
- Mike Portnoy — batería y coros
Setlist
Set 1:
- Metropolis Pt. 1: The Miracle and the Sleeper
- Overture 1928
- Strange Déjà Vu
- The Mirror
- Panic Attack
- The Enemy Inside
- Peruvian Skies
- As I Am
Set 2:
- In the Arms of Morpheus
- Night Terror
- A Broken Man
- Midnight Messiah
- Bend the Clock
- The Shadow Man Incident
- A Change of Seasons
Encore:
- The Spirit Carries On
- Pull Me Under

Foto: Víctor Fernández G.