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Mas allá del fracaso

Desde su acepción el fracaso tiene una connotación negativa, precisamente porque se trata de la obtención de un resultado adverso, y por eso, la mayoría de las veces se rehúye reconocerlo y en ocasiones es utilizado como insulto o sorna, por algo que no se logró.

A pesar de esa carga indeseada, hay también un persistente interés en la valoración de algunos hechos por lograr se admita el fracaso ante un desenlace no querido, y si se logra calificar de "rotundo fracaso", mejor. Es como si el dedo acusador se complaciera al afirmar, ¡ven, fracasó!

Esta fijación la observamos con mucha frecuencia en el deporte, cuando de forma individual o colectiva no se alcanza el objetivo, el trofeo, la carrera, la medalla o estar en el podio. Pero también es posible encontrarla cuando se rechazan los resultados de la actuación del Estado en distintas áreas, por ejemplo, en la educación, la salud, la seguridad ciudadana, la pobreza o la desigualdad. Esa marcada inclinación con el fracaso tiende a producir en la otra parte una resistencia a su reconocimiento y neutraliza la posibilidad de ser concebido como una oportunidad para producir los cambios que movilicen en una dirección con resultados diferentes o reducir los negativos.

Es una equivocación si como sociedad nos pasamos lamentando por lo que no se hizo o hiperbolizando los fracasos, ensañándonos una y una otra vez con exponerlos como fórmula para aplastar o destruir a quien lo padece. Puesto en el plano de la vida cotidiana, el lamento por el fracaso en el combate de la pobreza no le cambiará la vida a quien no cuenta con los medios para subsistir, o en la prestación servicios de salud tampoco aliviará el dolor o la pérdida sufrida.

Situar el análisis sobre la gestión del Estado como de cualquier otra área de la vida siempre en una perspectiva dicotómica, éxito versus fracaso, provoca un miedo excesivo a aceptar lo perjudicial y parte de una visión reduccionista que puede conducir a la segregación, en donde solo hay ganadores y perdedores, donde unos son los buenos y otros los malos, castiga el fallo, además de obviar todas las variables que intervienen en la producción de aquello considerado como éxito o su antónimo. Con frecuencia se cae en la trampa de tildar todo lo contrario al "éxito" como fracaso, a veces empleado como expresión para etiquetar o ultrajar.

Pensemos en la simpleza de ese pensamiento dual si tuviéramos que responder a preguntas como, ¿es un fracaso que el país no haya logrado llegar a ser una nación desarrollada, tratándose de un objetivo perseguido por décadas?, ¿la clase política ha sido un fracaso en el cumplimiento de sus promesas? Trasladado al plano institucional, ¿los partidos políticos o la Asamblea Legislativa son un fracaso cumpliendo con sus funciones?, ¿hemos fracasado como sociedad en la búsqueda del bien común? Puede que para unos existan respuestas de si o no, mientras para otros la generalidad de la pregunta impide su contestación o en cada caso dependerá de lo que cada uno entienda por esa palabra.

La discusión pública no debería concentrarse en enfatizar el fracaso como el único opuesto al triunfo, si, además de lo relativo de los conceptos y de su lectura según la posición que se ocupe, nos enfrasca en una espiral de acusación interminable, exacerba lo negativo, no perdona el error y distrae de discusiones de mayor calado, por ejemplo, cómo construir un proyecto común que permita extender los logros alcanzados y tomar las medidas que rectifiquen el rumbo del Estado, en los ámbitos cuyos resultados han sido desfavorables para el país. Podríamos comenzar por avanzar en: ¿qué consideraríamos como mínimos deseables para el país en 25 o 50 años?

Politólogo

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