El calvario de un propietario para recuperar su terreno de las garras del crimen organizado

Para los dueños de propiedades en la capital que caen en manos de las bandas criminales, la pérdida de sus bienes no representa únicamente un perjuicio económico; es el inicio de una pesadilla que pone en riesgo incluso sus propias vidas.

"Rodolfo" es el nombre ficticio utilizado para proteger la identidad del propietario de un terreno ubicado en un sector de la capital, quien relató cómo vivió en carne propia el calvario de intentar recuperar una propiedad que terminó convertida en uno de los búnkeres a cielo abierto más grandes de San José.

La historia de esta propiedad comenzó con una ilusión truncada por la violencia. Hace unos 15 años, un amigo de Rodolfo adquirió el lote con el propósito de construir una fábrica.

Para asegurar el perímetro, comenzó levantando una tapia prefabricada y habilitó una pequeña entrada para ingresar los materiales. La respuesta del hampa fue inmediata.

Apenas unas semanas después, cuando regresó a inspeccionar el lugar, descubrió que se habían robado la tapia por partes. Al intentar reclamar, fue recibido con una golpiza de tal magnitud que requirió varias semanas de hospitalización tras sufrir varias fracturas en su rostro y tórax. 

"Le pegan una paliza que, bueno… ya se habían robado la tapia prefabricada. Ya no existía en unos pocos días. La gente ya estaba pretendiendo meterse y apropiarse, igual que en el otro lugar. Lo mandaron al hospital. Mi amigo estuvo internado dos o tres semanas; le quebraron la nariz, las costillas, etcétera".

Aterrorizado y convaleciente, el entonces propietario le suplicó a Rodolfo que le comprara el terreno por un precio muy inferior a su valor. A pesar de saber que se trataba de un punto sumamente conflictivo, Rodolfo accedió por amistad. Sin embargo, el traspaso de la propiedad no detuvo la violencia.

Desde el primer momento en que intentó cercar el lote, sus trabajadores fueron recibidos a pedradas, consolidándose así una ocupación ilegal que se prolongaría durante más de una década.

Con el paso de los años, el terreno fue tomado por completo. Se convirtió en un asentamiento informal de estructuras improvisadas y covachas donde se refugiaban decenas de consumidores de crack y otras drogas.

El sitio pasó a ser controlado por una organización criminal liderada por un capo local y una mujer que ejercía como cacique de la zona, encargada de coordinar a los adictos para atacar a cualquiera que intentara reclamar la propiedad.

Durante casi 15 años, Rodolfo trató de mantener la posesión enviando cuadrillas cada mes para limpiar y chapear el lote. La dinámica era un desgaste constante: los trabajadores desalojaban pacíficamente a los consumidores, limpiaban el terreno y, al día siguiente, las covachas volvían a levantarse.

La situación escaló a niveles críticos. En una de sus visitas, Rodolfo fue increpado por la líder del búnker, quien incitó a los delincuentes del sector a golpearlo. El altercado terminó en un enfrentamiento físico durante el cual sufrió la fractura de una pieza dental.

"He recibido amenazas de muerte durante todo el proceso y durante la tenencia de la propiedad. Pero nunca dejé de ponerle atención. Nunca perdí la fe. Tuve que llegar a las manos y nadie me defendió".

Además de las agresiones físicas, las amenazas de muerte se convirtieron en una constante. El control que ejercía la banda era tal que incluso intimidaban a los contratistas privados que Rodolfo contrataba, obligándolos a abandonar los trabajos por temor a represalias.

Tomó posesión, pero sigue bajo asedio

El punto de inflexión llegó gracias a un cambio en la administración local y a una intervención coordinada con la Policía Municipal de San José. En un operativo masivo, las autoridades lograron desalojar a más de un centenar de personas del sitio.

No obstante, Rodolfo sabía que una simple malla o una cerca liviana no resistirían el embate del crimen organizado durante más de 24 horas. Por ello tomó una decisión radical: diseñar y construir un muro perimetral de concreto reforzado y de gran altura, pese al elevado costo de la obra.

"Si le ponen un tubito de metal y una malla electrosoldada, eso se lo vuelan al día siguiente. Para recuperar el lote no se podía cerrar con una baranda de metal o una valla de vidrio; había que hacer algo mucho más fuerte: un muro de varios metros de altura alrededor de toda la propiedad, chorreado con varilla y concreto".

La construcción no estuvo exenta de sabotajes. Para retirar la basura acumulada durante años fue necesario extraer el equivalente a 750 vagonetas de desechos y tierra.

Durante la edificación, los criminales cortaron los servicios básicos, amenazaron a los obreros y, una vez concluida la estructura, incluso lograron escalar la muralla para robar herramientas.

Recuperó el terreno, pero continúa bajo asedio. Hoy, el lote de Rodolfo está físicamente recuperado y protegido, convirtiéndose en un caso excepcional frente a la usurpación impulsada por el crimen organizado. Sin embargo, el entorno sigue siendo hostil.

Para evitar dejar sin acceso a los habitantes del precario colindante, Rodolfo cedió un metro de su propiedad para construir un pasadizo con gradas y aceras. Paradójicamente, ese espacio público ahora es utilizado por los delincuentes para esconderse y continuar con la venta de drogas.

Mientras tanto, planea reforzar la muralla con alambre de navaja y una cerca eléctrica, consciente de que, en la lucha contra el crimen organizado, la defensa de la propiedad privada exige medidas extraordinarias y una resistencia constante por parte de sus propietarios.

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